lunes, 22 de enero de 2018

Una crevaison en mitad de la autopista

Hacer 1.300 km. cada dos semanas con dos Ferrys de ida y vuelta para poder volver a casa y estar con los tuyos, te hace ser consciente de que tarde o temprano, por mucho cuidado que tengas, tendrás un percance... y sin embargo, el percance siempre te pilla desprevenido.

Así fue hace unas semanas, cuando a escasos 30 km. de Tánger, donde debía coger un Ferry que me llevase a España, noté como perdía el control de mi coche, yéndose de lado a lado, mientras el de atrás me daba ráfagas avisándome de algo de lo que lógicamente yo era consciente.

Finalmente pude enderezar mi vehículo y dirigirlo al arcén, donde paré y traté de tomar aire para tranquilizarme. Pasados unos minutos, me bajé y vi lo que ya esperaba, el neumático trasero hecho un asco. Volví a montarme en el coche y llamé al seguro, un seguro a todo riesgo caro y pagado al contado.

Una chica muy simpática me pregunta el motivo de mi llamada, "une crevaison", le digo, vamos, un pinchazo de toda la vida aunque en francés suene más glamouroso.

La mujer me pregunta por mi localización y, cuál es mi sorpresa, que al responderle que estoy en la autopista, a tan sólo 30 km. de Tánger, me dice que eso no es competencia del seguro y que llame al 5050, el número de incidencias de la Autopista.

"Estos marroquíes qué raros son", pienso para mis adentros. Llamo al 5050 y un hombre al otro lado, me dice que ellos sólo se hacen cargo de los accidentes, los "crevaison" son del seguro.
Se empieza a hacer de noche, ya es seguro que pierdo el Ferry de las 18:00 y la temperatura empieza a bajar.

Vuelvo a llamar al seguro y esta vez me atiende un chico, quien amablemente me insiste en que la competencia es del 5050 y que ellos no pueden mandar una grúa a la autopista, "es de sentido común", puedo entender por su tono.

Mosqueado, opto por un plan B. Llamo a mi colega de trabajo, a mi ángel de la guarda, el que me salva de todos los apuros gracias a su conocimiento de este país y sus años de experiencia. Me dice que no me preocupe y a los 5 minutos me vuelve a llamar. A estas alturas, mi única preocupación es que el coche, al borde del escaso arcén,  y yo mismo, no seamos atropellados por algún rapidillo loco de esos que pasan creyendo que están de competición en Lemans.

"Tranquilo", me dice. "La grúa está en camino, al final van los del 5050, pero tendrás que pagarle el servicio en el acto". Bueno, ese era el menor de los problemas, parece que me salvaré por los pelos, que es lo importante.

Sin embargo, mientras espero a la grúa, me caliento y vuelvo a llamar al seguro, esta vez me dejo de segundas lenguas y en cuanto alguien se pone al otro lado, le espeto en un claro y audible castellano: "español, quiero alguien que hable español". Sin mostrar un ápice de sorpresa, me dice que me espere y en menos de diez segundo oigo un cálido, "hola, en qué puedo ayudarle".

Ni corto ni perezoso, casi trabándome la lengua, le cuento toda la historia y le digo que me parece vergonzoso que un seguro a todo riesgo no cubra una simple grúa para recoger un coche de una carretera principal del país.

El hombre sin perder la calma, me dice que no me preocupe, que me pase al de la grúa, que a todo esto, había llegado ya y esperaba mis indicaciones. Le paso el teléfono y en un árabe inentendible comienzan una breve conversación que termina con una sonrisa y una devolución del móvil ya colgado... "eh?" Le miro y le digo "¡pero si ha colgado!", el hombre se encoge de hombros y me sonríe, mientras descubro que no habla francés (obviamente español tampoco).

Y allí por señas me indica que va a remolcar el coche. "Ni de coña", le respondo, sabedor de que no me entiende. "Tú y yo cambiamos la rueda sí o sí".

"No, no", me insiste. Abro el maletero y le señalo el gato, "vamos campeón, que se nos hace tarde". Nótese que hablaba con ese desparpajo habida cuenta de la situación y consciente de que no me entendía ni una coma y que, por tanto, no le faltaba al respeto.

Finalmente, el chaval (no tendría más de 20 años) se resigna y me aparta cariñosamente, saca un cono de la grúa y empieza a cambiar la rueda. Tengo que decir que mi coche tiene la rueda de repuesto escondida bajo el coche y que no es fácil sacarla, sin embargo, este chico lo hizo con una sencillez y profesionalidad como pocas veces he visto... y a todo esto, invadiendo el carril de la autopista, con los coches pasando a toda pastilla y con la oscuridad ya propia de las siete de la invernal noche.
En 5 minutos había terminado, y cuando yo ya me disponía a comenzar el tradicional trámite del regateo para el pago, el chico simplemente me hace señas, pidiéndome permiso para hacerle una foto a la matrícula. "C'est tout", me dice en un francés facilón. Y así y con una sonrisa se despide de mi...
Tardé unos segundos, pero de pronto reaccioné y corrí a la grúa para darle, al menos, una merecida propina, que el chico recibió con sorpresa y gratitud.

Entre pinchazos y llamadas llegué más tarde de las ocho a Tánger, tenía dos horas por delante antes de coger el siguiente ferry. Entonces recordé que había un hostelero español que ya me había insistido varias veces en que fuese a verle... momento perfecto pues.

Y así fue que la noche acabó con una rueda nueva, una cena en buena compañía y con un nuevo rabateo para mi blog: todo, absolutamente todo hay que pelearlo en este maravilloso país, pero es curioso, que al final, el sabor de boca siempre es dulce... ese debe ser su secreto...

domingo, 3 de diciembre de 2017

Este Rabateo se lo debo a Zapatero

El día que uno deja España para irse a vivir a Marruecos, se toma una cerveza con sabor a despedida y mira por la calle a las mujeres que pasean, pensando que todo aquello no volverá a verlo en una temporada.
 
Realmente, Marruecos es el país de contrastes. Es cierto que el alcohol no es habitual, pero también lo es que no está prohibido y que no es difícil encontrar restaurantes donde te sirvan cerveza o vino, es más, tienen sus propias cervezas, elaboradas aquí, como Casablanca, a la cual yo ya soy un fiel aficionado.
 
Aunque es cierto que las mujeres ataviadas con vestidos largos y con el pelo cubierto por un pañuelo forman parte del paisaje urbanita de Rabat, también lo es que esas mujeres se intercalan y mezclan con otras mucho más "occidentalizadas", con frondosa melena al viento y faldas o vaqueros muy ceñidos.
 
Y sí, también hay pubs y discotecas. La juventud también tiene ganas de marcha, faltaría más, y al igual que en España, fuman, beben, ríen y bailan. Música altísima, luces de colores... todo te traslada a cualquier garito de la península si no fuese por un detalle. Aquí todo el mundo se sienta. Las mesas y sillas se mantienen, la gente se acomoda, y cuando le apetece, se levanta y se pone a bailar, allí de pie, junto a su mesa. Cuando se cansan, se sientan, dan un trago a la copa y siguen riendo y charlando. Como siempre digo, son muy prácticos, hay que reconocerlo.
 
Otro detalle curioso es que los rabatíes son bastante más bailones que los españoles, me refiero a los hombres... suena una canción que les gusta y de pronto, alzan la mirada, sonríen, y como un resorte se levantan, empiezan a dar palmas alegremente y dejan sus pies libres al son de la música, dándolo todo como si no hubiera un mañana.
 
Hace unos días, Marruecos se clasificó para jugar el Mundial de fútbol del próximo verano. Se jugaban la clasificación contra Costa de Marfil, y ganaron. Como es lógico y ocurre en la mayoría de los países del mundo, aquel día todo el país estaba pendiente del evento, camisetas marroquíes desde bien entrada la mañana, banderas por todos lados... y por fin, la noche del partido.
 
Yo vi el partido entre marroquíes, y como si fuese el España-Malta, fueron viniéndose arriba conforme metieron el primero y después el segundo gol. La clasificación era un hecho. Pero lo que más me llamó la atención fue que  nada más terminar el partido, no empezaron a cantar el "campeones campeones", ni se abrazaron mientras daban botes de alegría... en lugar de eso, empezaron a bailar, dando palmas, alrededor del salón.
 
El sábado pasado, cuando llegué a casa de madrugada, tras una copiosa cena seguida de unas copas en uno de esos pubs rabatíes donde la noche nunca termina, me sentí como aquel chaval de 20 años que volvía a casa agotado de bailar y algo bebido... y también por el olor que desprendía mi ropa, mi piel y mi pelo, porque aquí, está permitido fumar en los sitios públicos, y sinceramente, eso no lo echo de menos.
 
En esta ciudad, cada vez que un restaurante, a mitad de la comida, alguien enciende un cigarro y me empapa el humo, me acuerdo de ZP... y es que aquí, ahora y tan lejos, tengo que reconocer por fin, que algo bueno hizo Zapatero. ¡Menudo Rabateo!
 
 

sábado, 4 de noviembre de 2017

Me estáis estresando

El tráfico, al igual que ocurre con el clima cuando te encuentras en el ascensor con un vecino, es un tema muy recurrente en las tertulias rabatíes entre compatriotas. Todo el mundo tiene alguna anécdota que contar, y por supuesto, en estos 4 meses que llevo aquí, yo ya tengo unas cuantas... así que creo que me dará mucho juego en más de un post.

Lo primero que hay que aclarar es que aquí todo es muy tranquilo, ellos se lo toman todo con mucha calma. Muchas veces me recuerda al anuncio aquel de Malibú en el que tras una discusión absurda entre Caribeños el conductor del autobús decía aquello de "¡me estás estresando!".


El otro día, en una "epicery", una tienda de comestibles de toda la vida, el hombre andaba tranquilo en sus cosas, comiendo uvas, no había nadie, así que tras el protocolario saludo, le pedí medio kilo de manzanas, unos plátanos... mientras le decía lo que quería, el hombre ni se inmutó, ni siquiera una mirada de reojo, allí siguió con la cabeza gacha a lo suyo, a sus uvas, como si yo no estuviese allí...

Desconcertado, me quedé allí mirando, sin saber qué hacer, preguntándome si aquel hombre, en chandal y con gorra, era el dependiente, o bien un amigo del dependiente o incluso alguien de la calle que se había colado en el mostrador y estaba hinchándose a comer lo que pillaba. Tras más de un minuto eterno en silencio, el hombre, terminó su rácimo, se limpió la boca con la manga del chándal, (justo como nuestras madres nos enseñaron a no hacer nunca) y sin mediar palabra, me puso el medio kilo de manzanas, unos cuantos plátanos y seguidamente me preguntó, "¿algo más?".

- "No hombre, vaya a ser que te estreses", pensé para mis adentros.  

Sin embargo, parece que todas esas prisas las dejan guardadas para el momento en que cogen el coche. Es entonces cuando uno no puede relajarse ni un segundo. Las líneas que separan los carriles, no son ni tan siquiera una referencia, son tan sólo un adorno. Recuerdo un día parado en un semáforo, en mi carril, disfrutando de la música de mis Bizarros (qué grandes son) cuando de pronto llega un coche a todo gas y se mete entre el coche del carril de al lado y el mío. "No cabe, no cabe, no cabeeeeee!", pensé, pero cupo. Rozando mi flamante carro, pero vaya si cupo. Yo no podía dejar de mirar espantado al conductor, y el hombre torció su cabeza hacia mí, observándome con un gesto de "¿qué te pasa, por qué me miras tanto? Si cabía perfectamente...".

Fue en esos primeros días cuando en otro semáforo, todos los coches que tengo detrás empezaron de repente a tocar el claxon. "Son las 8 de la mañana y yo también me levanto de mal humor para ir a currar, pero tranquilos", susurré para mí, mientras me cercioraba de que el semáforo seguía en rojo. Finalmente el semáforo se puso en verde y continué mi camino sin saber a qué se debía aquella pitorrada general.

Esa misma situación la viví varias veces, siempre extrañado y sin obtener respuesta, hasta que en una de esas ocasiones, me dio por fijarme en el Policía que dirigía el tráfico. Éste, al oír el sonido de las bocinas, hizo un gesto resignado mientras se dirigía a la acera de uno de los lados de la vía, tocó el lateral de un gran poste con su mano derecha... y !voilá!, el semáforo se puso verde.

Efectivamente, resulta que aquí, los semáforos se controlan manualmente, y los policías cambian del rojo al verde y viceversa en función del tráfico. Entonces lo entendí todo, los coches no me pitaban a mi, ¡pitaban al policía para que pusiese el semáforo en verde!

Ahora, después de 4 meses conduciendo a diario, cada vez que empiezan a pitar en un semáforo, miro al policía y le pongo voz, imaginándomelo en la Isla de Malibú y diciendo aquello de.. "me estáis estresandoooo"



jueves, 26 de octubre de 2017

72 días y 500 viajes

Dos meses y medio, 72 días, eso es lo que he tardado en matricular el coche.

Todo empezó un 15 de agosto, el primer día aquí después de mis vacaciones, y para no perder más tiempo, una vez avisado de los plazos con los que hay que lidiar, comencé manos a la obra.

"Primero hay que enviar una solicitud de matriculación, con el permiso de circulación español en vigor y la ficha técnica", me dice el encargado de estos menesteres en mi oficina. "Fácil, aquí lo tengo", le digo triunfante... - "Sí, fácil..."- , murmura sonriendo mirándome de soslayo...

- "Bueno, ya está, ¿no? ya me avisas tú si eso...", vuelvo a la carga confiado. - "Sí, ya si eso..."- me responde. Me voy con la mosca detrás de la oreja pensando que aún no he logrado coger el tono de humor de estos paisanos y no le echo más cuenta.

Pasan tres semanas, metidos ya en septiembre y no tengo noticias de mi matrícula. Es normal, me dicen algunos, "a mi en Méjico me tardó 6 meses, así que no seas impaciente", me cuenta el enteraíllo de turno. Por suerte, un compañero simpático y empático me dice que va a subir a preguntar por mí, que no me preocupe. Gracias Mohamed, le digo.

Al rato vuelve, sonriendo burlón y negando con la cabeza... "¡la autorización del Ministerio ya ha llegado! "¡Ahí podía estar encima de su mesa!"

- "Bueno, bien está lo que bien acaba, el caso es que ya tengo matrícula marroquí, ¿no?" le pregunto emocionado.

- "No, esta es sólo la autorización del Ministerio de Exteriores, ahora hay que solicitar otra autorización al Ministerio de Transportes".

Dos semanas después, mi compañero, ante mi desesperación, decide ir a preguntar al Ministerio. Vuelve con otro papel y me dice, "¡vamos, ahora mismo a pasar la ITV!"

"Pero habrá que pedir cita previa", le respondo adivinando la respuesta.

"¿Cita... qué?" me contesta sarcástico.  Nos miramos y no digo nada más, ¿para qué?

Aquí, la ITV se pasa en talleres de mecánica habituales, pero que poseen una licencia que les autoriza a realizarla, no como en España, que son talleres expresamente dedicados a eso. Así que allá que vamos a las 11 de la mañana de un martes cualquiera en busca y captura de un taller autorizado que no tenga demasiada cola... olvidé decir que era un martes cualquiera a media mañana en pleno Rabat, por eso del tráfico y los atascos... como Madrid pero algo más anárquico.

Paramos en varios talleres, todos con una cola interminable de coches, pero sin prisa, eso sí, ellos se sientan o hablan en grupetes, pero no percibes agobios ni gritos de desesperación. Finalmente, una hora y 20 kilómetros después encontramos un taller a las afueras cuyo dueño dice que si esperamos "sólo" media hora nos hace el favor y nos la pasa, mientras le guiña el ojo a Mohamed, porque, según me comenta luego, es un conocido suyo.

Cuando por fin me llega el turno, el mecánico me pide la llave y se monta, ya que aquí la ITV la pasa el propio mecánico... con los pelos como escarpias y el corazón a mil, le aviso de que el coche es automático y me dice que no hay problema, una de las frases preferidas de este pueblo "Pas de problem"... arranca y ¡zas!, acelerón descontrolado, gracias a Dios no había nada delante. Mi grito se debió escuchar en Tarifa por lo menos... "Es que este coche no hace ruido", me dice el cachondo disculpándose.

ITV pasada, y ya camino del trabajo... "entonces, Moha, ¿ya está, ya tengo coche de aquí?"

- "No, queda la Dirección de Tráfico". Ya mismo, si Dios quiere"... "Inshalá", como dicen aquí para todo.

Paciencia, me digo a mi mismo.

Pasan más días, hasta que por fin, ayer, vuelvo a preguntar, ansioso, a mi compañero... "¿te acuerdas de mi matrícula, crees que se habrá perdido por el camino?". Mi amigo se ríe, no sé si por mi ocurrencia o por mi ignorancia, el caso es que vuelve al rato y me dice "el papel estaba arriba, en la mesa de nuestro amigo!".

- "¡Por fin! ¿y ahora?"

- "Ahora a por la matrícula, vamos, ya!", me dice apurado. Tantos días esperando y luego de repente hay que salir corriendo, estas contradicciones rabatíes...

Yo conduzco y mi compañero dirige, de pronto, en una calle bastante concurrida, me dice que pare ahí mismo, en doble fila. Le hago caso, buscando con la mirada el taller donde me van a poner las matrículas, pero él me dice, que espere montado, que él se encarga, porque, por supuesto, conoce a alguien.

No es fácil estar aparcado en doble fila en una avenida rabatí viendo pasar los coches a escasos centímetros del tuyo y sin frenar lo más mínimo, así que la espera se hace eterna. Finalmente, la tensión acaba a los 10 minutos y  aparece Mohamed acompañado de un hombre cargado con dos matrículas amarillas y un taladro... ¿dije antes que la tensión había desaparecido?

Mi compañero me dice que no me baje... y allí, en plena hora punta del mediodía, en una avenida petada de tráfico y aparcado en doble fila, siento cómo aquel hombre martillea a mi pobrecito coche como si lo desnudase para luego vestirlo otra vez con esas nuevas placas tan chillonas...

"Bueno, Moha, ahora sí... por fin!" le digo al iniciar el camino de vuelta....

- "Falta el seguro, pero eso es un momento", me tranquiliza, al ver mi cara de espanto.

Pero, no, tampoco el del seguro iba a ser el último viaje, resulta que aquí eso de las transferencias bancarias o el pago por las tarjeta de crédito no está de moda y al asegurar el coche, en la oficina del seguro piensan que uno lleva en la cartera, así, por accidente, el pastizal del seguro anual, que por cierto, es bastante más caro que en España... así que vuelta a un cajero a por dinero en cash y otra vez a la aseguradora...

Hoy ya tengo por fin mi coche marroquí y así, 72 días y 500 viajes después, que diría mi paisano Sabina, he aprendido el rabateo de su burocracia: no hay prisa por nada, excepto conduciendo, y los plazos son tan inciertos como indefinidos, salvo que tengas un amigo del que dependa el papel que necesitas, claro...

jueves, 12 de octubre de 2017

El mechero y la bombona

En este país uno va de sorpresa en sorpresa, de sobresalto en sobresalto y no, creo que uno nunca terminará de acostumbrarse.
 
Su pragmatismo es tal que, aunque eficaz a corto plazo, sus soluciones son pan de hoy y hambre de mañana, y eso es algo, en mi modesta opinión, que deberían cambiar para continuar en ese camino de desarrollo y evolución que empezaron hace unos años.
 
Yo vivo en una casa de estilo colonial, de la época del protectorado francés. Techos altos, habitaciones inmensas, suelo de azulejo decorado, jardín en la entrada... preciosa, la verdad, aunque con las pegas propias de una casa centenaria... de hecho me costó bastante convencer al dueño para que me dejase meter la fibra óptica en casa, ya que no tenía la instalación hecha ni adaptada a los nuevos tiempos y esto suponía hacer agujeros y meter cables... ni que decir tiene, por cierto, que me costó un pastón. Todo sea por estar comunicado en el siglo XXI.
 
Como casa antigua que es, el agua caliente funciona con calentador y el gas con bombona de butano... unas bombonas oxidadas y llenas de polvo que inspiran muy poca confianza.
 
No sé si fue el aspecto o si realmente era así, pero un día me agaché a coger un bote de limpieza y percibí un olor muy fuerte a gas cerca de la bombona... estuve mirando por encima y definitivamente aquello olía mucho a gas, demasiado.
 
Como no sabía a quién acudir, ya que aquí las bombonas se compran en cualquier tiendecita del barrio, hablé con el portero de la casa, quien me dijo que él mismo subiría a mirarlo sobre la marcha.
 
Y allí que fuimos los dos, él tomando la iniciativa, se agachó, miró un poco la goma, tanteó... olió... me miró... "C'est bien", me dijo.
 
- "Pero huela, huela..". le insisto, "huele mucho a gas, eso no es normal".
 
Me vuelve a mirar resignado, observa la bombona y ante mi sorpresa, saca un mechero del bolsillo, lo acerca a la bombona y lo enciende. Mi acto reflejo fue retroceder un paso hacia atrás. Él, todavía con el mechero encendido y balanceándolo alrededor de la bombona, me mira sonriente mientras espeta un  "Pas de problem, c'est bien".
 
"¡Nos ha jodido!" se me escapó en el español más castizo. Su solución fue de lo más práctica, imagino que pensó, "este tío no me va a dejar tranquilo, así que órdago a la grande, o se calla para siempre o salimos volando", y así, todo valiente, zanjó el problema de la manera más práctica posible, pero también más insegura y arriesgada.
 
 

Lo curioso del asunto es que cuando lo comenté con algunos compatriotas con más experiencia, no se extrañaron, me dijeron que es muy habitual hacer ese tipo de comprobación, lo cual no ayudó a mi tranquilidad, aunque sí a aprender un nuevo Rabateo, "si pueden demostrar algo y así zanjar el tema, lo hacen, sin importar las consecuencias..."



 
 
 
 

sábado, 7 de octubre de 2017

Españoleando por Rabat, que tampoco es poco

Hoy recomiendo esta canción mientras lees esto...
 
 
 
Hace unos días, en un ataque de jamonitis, un amigo español me invitó a conocer un restaurante donde me prometía que me iba a sentir como en casa. "Les trois no se qué", me dijo. Mal empezamos, con nombre francés... pensé para mis adentros.
 
Y allá que nos fuimos, un sábado por la mañana, a una hora temprana, a españolear por Rabat. En primera línea de playa, con un sol radiante y unos 26 grados, nos metimos en un chiringuito, con la Flaca de Pau Donés de fondo y en el que en pocos segundos, te daba la sensación de estar en cualquier cala de Málaga disfrutando de su brisa.
 
Las pizarras negras enseñando las raciones y tapas, gambitas al pil pil, sardinas... todo como siempre, aunque tengo que reconocer que los pillé en un renuncio, la cerveza... esa manía que tienen aquí de no poner las bebidas frías... (la coca cola sin hielo, el agua del tiempo...) y así, la cerveza está algo fría, pero no helada. No obstante, como ellos son así y encuentran solución a todo, rápidamente llegamos a un arreglo con una jarras congeladas que hicieron que la temperatura del líquido elemento disminuyese y que la San Miguel supiese mucho más española.
 
Tras más de dos horas degustando (en el más amplio sentido de la palabra) todo tipo de españoladas, salió el cocinero, verdadero artífice de aquel chiringuito con sabor español, a tomarse una cerveza con nosotros, ya que conocía bastante a mi amigo.
 
 
 
Y así conocí a Mikel y su interesante historia. La de un español que hace 5 años la crisis y la vida lo atropellaron y se vio en el paro, separado, sin dinero y sin esa vida... así que por consejo de un amigo, decidió coger una tartana de coche, 1.000€ en metálico que consiguió reunir y un pasaporte con el que pasar la frontera. Sin permiso de trabajo, sin familiares y sin enchufes a los que acudir, así se presentó en Rabat dispuesto a comenzar de nuevo.
 
Allí nos cuenta entre risas, ataviado con su camisa de chef, con su nombre bordado en el pecho y la bandera de España también bordada en el cuello, cómo las primeras semanas dormía en el coche para no gastarse el dinero, porque no sabía cuánto tiempo iba a tener que estar así... y cómo se dedicaba a ir buscando trabajo como cocinero por todos los restaurantes sin saber el idioma local y chapurreando tan sólo el francés.
 
"Cuando me entrevistaban para conseguir un trabajo, decía, déjame en la cocina y ya verás, y me ponían cara rara... hasta que por fin un loco me dijo, venga, entra y me lo demuestras y desde entonces no he dejado de trabajar ni un sólo día", nos decía jocoso.
 
Hoy su restaurante es de lo mejorcito y con más reputación de Rabat, y Mikel, casado de nuevo y totalmente adaptado a esta tierra, nos comenta sus futuros planes de montar otro Restaurante en el centro... "es que quiero un Mercedes más grande del que tengo", bromea sin perder por un momento la sonrisa. "Aunque mi mujer me va a echar de casa, porque eso supondrá trabajar 16 horas al día, en lugar de 12 como ahora..."
 
Me cuenta mi amigo que la Embajada tuvo que echarle una mano, ya que vino como un turista más y no podía trabajar. Y que aunque ahora se ríe y le quite importancia, sus comienzos fueron más duros de lo que él deja entrever.
 
Y así, esta vez fue un español el que me enseñó un nuevo Rabateo, ese que todos hemos oído miles de veces, pero que sólo cuando le pones nombres y apellidos, lo aprecias realmente. Que el éxito no llega sólo ni tampoco por fortuna, que cuando uno toca fondo, tiene que saber reinventarse y no dejar de luchar, y que las quejas, los lloros o las rabietas no te van a ayudar, ya que sólo con trabajo puede uno cumplir sus metas, porque como decía Thomas Jefferson "Yo creo mucho en la suerte, y he descubierto que cuanto más trabajo, más suerte tengo".

martes, 3 de octubre de 2017

Gracias amigo

Cuando uno deja un buen trabajo, una ciudad tranquila e inicia una aventura como esta, no solamente descubre nuevos paisajes y nuevas culturas, también da tiempo a pensar en lo que deja atrás, allí, en la que será siempre tu casa.
 
Una de ellas es la lección de humildad que ofrece hablar con amigos y conocidos y que te hablen despectivamente de un lugar que, en muchos casos, ni tan siquiera conocen por fotos, utilizando clichés y sin mirarse el ombligo, que es lo que deberíamos hacer en muchos casos.
 
Eso me recuerda a mis tiempos de estudiante en Estados Unidos, cuando me preguntaban si no era muy incómodo ir siempre vestido de flamenco o si no había alucinado con los coches, pensando que nosotros seguíamos utilizando caballos como medios de transporte...
 
Pero también uno percibe y descubre sensaciones muy agradables. Personas que se interesan por ti y que demuestran que te aprecian, cuando quizás, su educación, su timidez o simplemente su sencillez les hace dar un paso atrás y nos impiden disfrutar más de ellos.
 
Podría contar más de un caso, amigos y amigas que me escriben, que me preguntan y sobre todo, que me hacen sentir que están cerca mía, especialmente en momentos de soledad, que haberlos haylos. A veces, ni siquiera es necesario hablar tanto, basta con un wassup como guiño de complicidad.
 
Y así llego a él, este amigo que antes no lo era, o creíamos que no lo éramos, porque tiempo, pláticas y confidencias hemos compartido unas pocas... Pero como en todas las historias de amor, nos fuimos conociendo poco a poco, eso sí, respetándonos, y cada uno en su sitio, no fuésemos a equivocarnos...o cual es además de agradecer, pero al final, esa afinidad nos hizo entablar una amistad, que ahora en la distancia, a mi se me hace más profunda y sincera.
 
Para colmo, este amigo siempre fue una mina, un caballo blanco con una sabiduría campechana no exenta de retranca, que hacía que cada día lo admirase más y más... buenas charlas hemos tenido hablando de todo, sin tabúes, siempre desde el respeto, quizás, por el entorno, hasta en demasía. Y así llegamos a hoy, donde este amigo ha tenido la sutil delicadeza de arreglarme mi blog... un lavado de cara necesario, ya que mi torpeza y las limitaciones internautas del lugar no daban para más.
 
Pues eso, nada de sensiblerías, porque él no las necesita, pero da gusto tener amigos así, que te ofrecen su amistad sin nada a cambio, y que te hacen sentir que si llego un día sin aviso a mi tierra y le llamo, la cervecita está asegurada.