miércoles, 14 de marzo de 2018

Un Rally sin prisas

Hace un mes me ofrecieron apuntarme a un Rally. 

¿Un Rally? pensé. Pero si yo una vez hice un trompo involuntario y casi me desmayo. 

Una vez que me explicaron que en realidad no gana quien más corre sino quien es capaz de mantener la velocidad media que te indican de la forma más exacta posible, decidí apuntarme. Sin duda era una experiencia nueva que me serviría para conocer el país de una forma distinta y además aprovecharía para conocer gente de mi gremio de distintos países, ¿qué más podía pedir?

Llegó el día D, el pasado viernes, y allí que nos fuimos mi copiloto y yo, una compañera de trabajo que, tan aventurera como yo, decidió apuntarse a esta nueva hazaña.

Sin duda fueron tres días inolvidables, ya que aparte de la adrenalina del rally, que aunque light, toda competición siempre tiene, el hecho de ir por carreteras secundarias me sirvió para conocer ese Marruecos rural que nadie conoce y que es difícil de encontrar por uno mismo.

El Rally tuvo lugar por la zona de Beni Mellal, una comarca del bajo Atlas, donde todo son montañas y los paisajes poco tienen que ver con los desiertos que siempre tenemos en la cabeza cuando pensamos en Marruecos. 



En un tramo de descanso, que aprovechamos para ir disfrutando de los verdes y frondosos horizontes que teníamos delante, veíamos niños pequeños volviendo de la escuela, pequeños de seis u ocho años, andando sólos o en grupo, con sus mochilas a la espalda, felices, jugando entre ellos, riendo y saludando a nuestro paso con una gran sonrisa que nos regalaban sin ellos saberlo.

En una de estas, ambos nos quedamos prendados de una niña de no más de 6 años, con unos ojos tan brillantes que nos deslumbró, así que, de mutuo acuerdo, decidimos parar y ofrecerle los caramelos que llevábamos, eran pictolines, quizás algo fuerte para aquella chiquilla, pero lo único de lo que disponíamos a mano. La niña corrió a nuestro paso pero se quedó a unos metros de distancia, mi compi le decía que se acercase para que cogiese los caramelos, pero ella, siempre risueña gritaba que no, que nos bajásemos nosotros, manteniendo la distancia. Finalmente y tras mucho insistir, entendimos que la niña estaba bien aleccionada para no acercarse a coches extraños, cosa que nos pareció estupenda, así que optamos por dejarle los caramelos en el suelo y nos fuimos, dejando aquella sonrisa en nuestro retrovisor mientras retomábamos la marcha.

Es lo que tiene un Rally sin prisas. Unas cataratas, las de Ouzoud, con sabor islandés más que magrebí, vestigios de huellas de dinosaurios que harían las delicias del mismísimo Spielberg y un puente natural que ya quisiera Santiago Calatrava. Niños jugando entre la hierba, pastores sin Ipad,  agricultores sin tractores y burros en lugar de motos, abuelas sentadas al arcén de la carretera... 





Y por supuesto, nuevos amigos de Perú, Estados Unidos, Polonia... canciones de ABBA (y el inevitable "Despacito") que bailamos una y otra vez sin importar el poco repertorio del DJ... Eso y más es lo que me llevé este fin de semana, además de un gran cuarto puesto que, aunque inesperado, ¡nos supo a gloria!

domingo, 4 de febrero de 2018

Curando la humildad

Siempre que me preguntan digo que la vida en Rabat es un poco como una burbuja. Es la capital, una ciudad administrativa, con un buen nivel de vida, donde residen muchos extranjeros y además es muy tranquila. 

Sin embargo, esta semana tuve la ocasión de conocer el sur del país y allí, ser testigo directo de la vida en una zona rural y deprimida del país. Allí pude hablar con muchas mujeres, cada una con una historia y ninguna de ellas cómoda de escuchar por su infortunio y su desdicha.

Allí estaban ellas, con las manos hinchadas y tatuadas de tierra, las caras ingratamente envejecidas como recompensa a tantas horas de tajo y esfuerzo. Pequeñajos a sus espaldas sin decir palabra, acostumbrados a pasar horas y horas resguardecidos bajo el calor de la espalda materna.

Muchas me enseñan sus carnets de identidad, y advierto que las antiguas fotos no corresponden a sus rostros actuales. La mayoría de ellas son preciosas, una belleza marroquí que sólo se puede apreciar al tenerlas enfrente y sin embargo, a pesar de haberse difuminado toda su lindeza, esos ojos, esos ojos siguen desprendiendo incandescencia.

Las miro y observo ese espíritu endurecido por la vida que el azar les ha regalado como broma de mal gusto y sin embargo, su mirada transmite dulzura. Me sonríen, ni una mala mueca, todo lo contrario, sus voces inundan dulzura. Una chica que roza los 30 años me cuenta que está divorciada, que tiene 6 hijos, la pequeña tiene 2 y el mayor 18. - "¡Dieciocho?!", le respondo automáticamente. "Sí, es que lo tuve siendo muy pequeñita", me dice en su idioma natal, el dariya, acompañando una sonrisa de orgullo. 

Otra chica, con un ojo morado, no dice nada, no hace falta. Y de pronto, se me acerca otra chiquilla y me dice si puede coger una de las galletas que tengo encima de la mesa. Le ofrezco el plato y ella tímidamente acierta a coger una sola, como un gran tesoro, sonriéndome como si le hubiese concedido un gran regalo. 

La mujer que lleva un muñequito entre sus brazos, bien tapado para que no coja frío, me dice que esa cosita todavía no tiene un mes, y que en unas semanas dejará de darle el pecho para poder irse lejos a trabajar, y así conseguir algo de dinero. Su calma y melosidad no evita que se me parta el alma.

Miro un grupito de ellas a unos metros, se ríen y se hacen bromas, como ajenas a toda la miseria que las anegan. Mientras me alejo, dos mujeres se me acercan para despedirse, parecen madre e hija. Me habla la niña en un francés desvencijado, y me pide algo que no le puedo conseguir. Se lo digo con mucha pena... ella me sonríe y me da las gracias. La madre me coge las manos con las suyas, "shucram" (gracias), me dice... y me voy de allí roto por un agradecimiento que no merezco.

Este rabateo no es un rabateo más, es el rabateo. Una lección de vida que te cura la humildad y te tira abajo muchos valores que ahora descubro que no son tales.

lunes, 22 de enero de 2018

Una crevaison en mitad de la autopista

Hacer 1.300 km. cada dos semanas con dos Ferrys de ida y vuelta para poder volver a casa y estar con los tuyos, te hace ser consciente de que tarde o temprano, por mucho cuidado que tengas, tendrás un percance... y sin embargo, el percance siempre te pilla desprevenido.

Así fue hace unas semanas, cuando a escasos 30 km. de Tánger, donde debía coger un Ferry que me llevase a España, noté como perdía el control de mi coche, yéndose de lado a lado, mientras el de atrás me daba ráfagas avisándome de algo de lo que lógicamente yo era consciente.

Finalmente pude enderezar mi vehículo y dirigirlo al arcén, donde paré y traté de tomar aire para tranquilizarme. Pasados unos minutos, me bajé y vi lo que ya esperaba, el neumático trasero hecho un asco. Volví a montarme en el coche y llamé al seguro, un seguro a todo riesgo caro y pagado al contado.

Una chica muy simpática me pregunta el motivo de mi llamada, "une crevaison", le digo, vamos, un pinchazo de toda la vida aunque en francés suene más glamouroso.

La mujer me pregunta por mi localización y, cuál es mi sorpresa, que al responderle que estoy en la autopista, a tan sólo 30 km. de Tánger, me dice que eso no es competencia del seguro y que llame al 5050, el número de incidencias de la Autopista.

"Estos marroquíes qué raros son", pienso para mis adentros. Llamo al 5050 y un hombre al otro lado, me dice que ellos sólo se hacen cargo de los accidentes, los "crevaison" son del seguro.
Se empieza a hacer de noche, ya es seguro que pierdo el Ferry de las 18:00 y la temperatura empieza a bajar.

Vuelvo a llamar al seguro y esta vez me atiende un chico, quien amablemente me insiste en que la competencia es del 5050 y que ellos no pueden mandar una grúa a la autopista, "es de sentido común", puedo entender por su tono.

Mosqueado, opto por un plan B. Llamo a mi colega de trabajo, a mi ángel de la guarda, el que me salva de todos los apuros gracias a su conocimiento de este país y sus años de experiencia. Me dice que no me preocupe y a los 5 minutos me vuelve a llamar. A estas alturas, mi única preocupación es que el coche, al borde del escaso arcén,  y yo mismo, no seamos atropellados por algún rapidillo loco de esos que pasan creyendo que están de competición en Lemans.

"Tranquilo", me dice. "La grúa está en camino, al final van los del 5050, pero tendrás que pagarle el servicio en el acto". Bueno, ese era el menor de los problemas, parece que me salvaré por los pelos, que es lo importante.

Sin embargo, mientras espero a la grúa, me caliento y vuelvo a llamar al seguro, esta vez me dejo de segundas lenguas y en cuanto alguien se pone al otro lado, le espeto en un claro y audible castellano: "español, quiero alguien que hable español". Sin mostrar un ápice de sorpresa, me dice que me espere y en menos de diez segundo oigo un cálido, "hola, en qué puedo ayudarle".

Ni corto ni perezoso, casi trabándome la lengua, le cuento toda la historia y le digo que me parece vergonzoso que un seguro a todo riesgo no cubra una simple grúa para recoger un coche de una carretera principal del país.

El hombre sin perder la calma, me dice que no me preocupe, que me pase al de la grúa, que a todo esto, había llegado ya y esperaba mis indicaciones. Le paso el teléfono y en un árabe inentendible comienzan una breve conversación que termina con una sonrisa y una devolución del móvil ya colgado... "eh?" Le miro y le digo "¡pero si ha colgado!", el hombre se encoge de hombros y me sonríe, mientras descubro que no habla francés (obviamente español tampoco).

Y allí por señas me indica que va a remolcar el coche. "Ni de coña", le respondo, sabedor de que no me entiende. "Tú y yo cambiamos la rueda sí o sí".

"No, no", me insiste. Abro el maletero y le señalo el gato, "vamos campeón, que se nos hace tarde". Nótese que hablaba con ese desparpajo habida cuenta de la situación y consciente de que no me entendía ni una coma y que, por tanto, no le faltaba al respeto.

Finalmente, el chaval (no tendría más de 20 años) se resigna y me aparta cariñosamente, saca un cono de la grúa y empieza a cambiar la rueda. Tengo que decir que mi coche tiene la rueda de repuesto escondida bajo el coche y que no es fácil sacarla, sin embargo, este chico lo hizo con una sencillez y profesionalidad como pocas veces he visto... y a todo esto, invadiendo el carril de la autopista, con los coches pasando a toda pastilla y con la oscuridad ya propia de las siete de la invernal noche.
En 5 minutos había terminado, y cuando yo ya me disponía a comenzar el tradicional trámite del regateo para el pago, el chico simplemente me hace señas, pidiéndome permiso para hacerle una foto a la matrícula. "C'est tout", me dice en un francés facilón. Y así y con una sonrisa se despide de mi...
Tardé unos segundos, pero de pronto reaccioné y corrí a la grúa para darle, al menos, una merecida propina, que el chico recibió con sorpresa y gratitud.

Entre pinchazos y llamadas llegué más tarde de las ocho a Tánger, tenía dos horas por delante antes de coger el siguiente ferry. Entonces recordé que había un hostelero español que ya me había insistido varias veces en que fuese a verle... momento perfecto pues.

Y así fue que la noche acabó con una rueda nueva, una cena en buena compañía y con un nuevo rabateo para mi blog: todo, absolutamente todo hay que pelearlo en este maravilloso país, pero es curioso, que al final, el sabor de boca siempre es dulce... ese debe ser su secreto...

domingo, 3 de diciembre de 2017

Este Rabateo se lo debo a Zapatero

El día que uno deja España para irse a vivir a Marruecos, se toma una cerveza con sabor a despedida y mira por la calle a las mujeres que pasean, pensando que todo aquello no volverá a verlo en una temporada.
 
Realmente, Marruecos es el país de contrastes. Es cierto que el alcohol no es habitual, pero también lo es que no está prohibido y que no es difícil encontrar restaurantes donde te sirvan cerveza o vino, es más, tienen sus propias cervezas, elaboradas aquí, como Casablanca, a la cual yo ya soy un fiel aficionado.
 
Aunque es cierto que las mujeres ataviadas con vestidos largos y con el pelo cubierto por un pañuelo forman parte del paisaje urbanita de Rabat, también lo es que esas mujeres se intercalan y mezclan con otras mucho más "occidentalizadas", con frondosa melena al viento y faldas o vaqueros muy ceñidos.
 
Y sí, también hay pubs y discotecas. La juventud también tiene ganas de marcha, faltaría más, y al igual que en España, fuman, beben, ríen y bailan. Música altísima, luces de colores... todo te traslada a cualquier garito de la península si no fuese por un detalle. Aquí todo el mundo se sienta. Las mesas y sillas se mantienen, la gente se acomoda, y cuando le apetece, se levanta y se pone a bailar, allí de pie, junto a su mesa. Cuando se cansan, se sientan, dan un trago a la copa y siguen riendo y charlando. Como siempre digo, son muy prácticos, hay que reconocerlo.
 
Otro detalle curioso es que los rabatíes son bastante más bailones que los españoles, me refiero a los hombres... suena una canción que les gusta y de pronto, alzan la mirada, sonríen, y como un resorte se levantan, empiezan a dar palmas alegremente y dejan sus pies libres al son de la música, dándolo todo como si no hubiera un mañana.
 
Hace unos días, Marruecos se clasificó para jugar el Mundial de fútbol del próximo verano. Se jugaban la clasificación contra Costa de Marfil, y ganaron. Como es lógico y ocurre en la mayoría de los países del mundo, aquel día todo el país estaba pendiente del evento, camisetas marroquíes desde bien entrada la mañana, banderas por todos lados... y por fin, la noche del partido.
 
Yo vi el partido entre marroquíes, y como si fuese el España-Malta, fueron viniéndose arriba conforme metieron el primero y después el segundo gol. La clasificación era un hecho. Pero lo que más me llamó la atención fue que  nada más terminar el partido, no empezaron a cantar el "campeones campeones", ni se abrazaron mientras daban botes de alegría... en lugar de eso, empezaron a bailar, dando palmas, alrededor del salón.
 
El sábado pasado, cuando llegué a casa de madrugada, tras una copiosa cena seguida de unas copas en uno de esos pubs rabatíes donde la noche nunca termina, me sentí como aquel chaval de 20 años que volvía a casa agotado de bailar y algo bebido... y también por el olor que desprendía mi ropa, mi piel y mi pelo, porque aquí, está permitido fumar en los sitios públicos, y sinceramente, eso no lo echo de menos.
 
En esta ciudad, cada vez que un restaurante, a mitad de la comida, alguien enciende un cigarro y me empapa el humo, me acuerdo de ZP... y es que aquí, ahora y tan lejos, tengo que reconocer por fin, que algo bueno hizo Zapatero. ¡Menudo Rabateo!
 
 

sábado, 4 de noviembre de 2017

Me estáis estresando

El tráfico, al igual que ocurre con el clima cuando te encuentras en el ascensor con un vecino, es un tema muy recurrente en las tertulias rabatíes entre compatriotas. Todo el mundo tiene alguna anécdota que contar, y por supuesto, en estos 4 meses que llevo aquí, yo ya tengo unas cuantas... así que creo que me dará mucho juego en más de un post.

Lo primero que hay que aclarar es que aquí todo es muy tranquilo, ellos se lo toman todo con mucha calma. Muchas veces me recuerda al anuncio aquel de Malibú en el que tras una discusión absurda entre Caribeños el conductor del autobús decía aquello de "¡me estás estresando!".


El otro día, en una "epicery", una tienda de comestibles de toda la vida, el hombre andaba tranquilo en sus cosas, comiendo uvas, no había nadie, así que tras el protocolario saludo, le pedí medio kilo de manzanas, unos plátanos... mientras le decía lo que quería, el hombre ni se inmutó, ni siquiera una mirada de reojo, allí siguió con la cabeza gacha a lo suyo, a sus uvas, como si yo no estuviese allí...

Desconcertado, me quedé allí mirando, sin saber qué hacer, preguntándome si aquel hombre, en chandal y con gorra, era el dependiente, o bien un amigo del dependiente o incluso alguien de la calle que se había colado en el mostrador y estaba hinchándose a comer lo que pillaba. Tras más de un minuto eterno en silencio, el hombre, terminó su rácimo, se limpió la boca con la manga del chándal, (justo como nuestras madres nos enseñaron a no hacer nunca) y sin mediar palabra, me puso el medio kilo de manzanas, unos cuantos plátanos y seguidamente me preguntó, "¿algo más?".

- "No hombre, vaya a ser que te estreses", pensé para mis adentros.  

Sin embargo, parece que todas esas prisas las dejan guardadas para el momento en que cogen el coche. Es entonces cuando uno no puede relajarse ni un segundo. Las líneas que separan los carriles, no son ni tan siquiera una referencia, son tan sólo un adorno. Recuerdo un día parado en un semáforo, en mi carril, disfrutando de la música de mis Bizarros (qué grandes son) cuando de pronto llega un coche a todo gas y se mete entre el coche del carril de al lado y el mío. "No cabe, no cabe, no cabeeeeee!", pensé, pero cupo. Rozando mi flamante carro, pero vaya si cupo. Yo no podía dejar de mirar espantado al conductor, y el hombre torció su cabeza hacia mí, observándome con un gesto de "¿qué te pasa, por qué me miras tanto? Si cabía perfectamente...".

Fue en esos primeros días cuando en otro semáforo, todos los coches que tengo detrás empezaron de repente a tocar el claxon. "Son las 8 de la mañana y yo también me levanto de mal humor para ir a currar, pero tranquilos", susurré para mí, mientras me cercioraba de que el semáforo seguía en rojo. Finalmente el semáforo se puso en verde y continué mi camino sin saber a qué se debía aquella pitorrada general.

Esa misma situación la viví varias veces, siempre extrañado y sin obtener respuesta, hasta que en una de esas ocasiones, me dio por fijarme en el Policía que dirigía el tráfico. Éste, al oír el sonido de las bocinas, hizo un gesto resignado mientras se dirigía a la acera de uno de los lados de la vía, tocó el lateral de un gran poste con su mano derecha... y !voilá!, el semáforo se puso verde.

Efectivamente, resulta que aquí, los semáforos se controlan manualmente, y los policías cambian del rojo al verde y viceversa en función del tráfico. Entonces lo entendí todo, los coches no me pitaban a mi, ¡pitaban al policía para que pusiese el semáforo en verde!

Ahora, después de 4 meses conduciendo a diario, cada vez que empiezan a pitar en un semáforo, miro al policía y le pongo voz, imaginándomelo en la Isla de Malibú y diciendo aquello de.. "me estáis estresandoooo"



jueves, 26 de octubre de 2017

72 días y 500 viajes

Dos meses y medio, 72 días, eso es lo que he tardado en matricular el coche.

Todo empezó un 15 de agosto, el primer día aquí después de mis vacaciones, y para no perder más tiempo, una vez avisado de los plazos con los que hay que lidiar, comencé manos a la obra.

"Primero hay que enviar una solicitud de matriculación, con el permiso de circulación español en vigor y la ficha técnica", me dice el encargado de estos menesteres en mi oficina. "Fácil, aquí lo tengo", le digo triunfante... - "Sí, fácil..."- , murmura sonriendo mirándome de soslayo...

- "Bueno, ya está, ¿no? ya me avisas tú si eso...", vuelvo a la carga confiado. - "Sí, ya si eso..."- me responde. Me voy con la mosca detrás de la oreja pensando que aún no he logrado coger el tono de humor de estos paisanos y no le echo más cuenta.

Pasan tres semanas, metidos ya en septiembre y no tengo noticias de mi matrícula. Es normal, me dicen algunos, "a mi en Méjico me tardó 6 meses, así que no seas impaciente", me cuenta el enteraíllo de turno. Por suerte, un compañero simpático y empático me dice que va a subir a preguntar por mí, que no me preocupe. Gracias Mohamed, le digo.

Al rato vuelve, sonriendo burlón y negando con la cabeza... "¡la autorización del Ministerio ya ha llegado! "¡Ahí podía estar encima de su mesa!"

- "Bueno, bien está lo que bien acaba, el caso es que ya tengo matrícula marroquí, ¿no?" le pregunto emocionado.

- "No, esta es sólo la autorización del Ministerio de Exteriores, ahora hay que solicitar otra autorización al Ministerio de Transportes".

Dos semanas después, mi compañero, ante mi desesperación, decide ir a preguntar al Ministerio. Vuelve con otro papel y me dice, "¡vamos, ahora mismo a pasar la ITV!"

"Pero habrá que pedir cita previa", le respondo adivinando la respuesta.

"¿Cita... qué?" me contesta sarcástico.  Nos miramos y no digo nada más, ¿para qué?

Aquí, la ITV se pasa en talleres de mecánica habituales, pero que poseen una licencia que les autoriza a realizarla, no como en España, que son talleres expresamente dedicados a eso. Así que allá que vamos a las 11 de la mañana de un martes cualquiera en busca y captura de un taller autorizado que no tenga demasiada cola... olvidé decir que era un martes cualquiera a media mañana en pleno Rabat, por eso del tráfico y los atascos... como Madrid pero algo más anárquico.

Paramos en varios talleres, todos con una cola interminable de coches, pero sin prisa, eso sí, ellos se sientan o hablan en grupetes, pero no percibes agobios ni gritos de desesperación. Finalmente, una hora y 20 kilómetros después encontramos un taller a las afueras cuyo dueño dice que si esperamos "sólo" media hora nos hace el favor y nos la pasa, mientras le guiña el ojo a Mohamed, porque, según me comenta luego, es un conocido suyo.

Cuando por fin me llega el turno, el mecánico me pide la llave y se monta, ya que aquí la ITV la pasa el propio mecánico... con los pelos como escarpias y el corazón a mil, le aviso de que el coche es automático y me dice que no hay problema, una de las frases preferidas de este pueblo "Pas de problem"... arranca y ¡zas!, acelerón descontrolado, gracias a Dios no había nada delante. Mi grito se debió escuchar en Tarifa por lo menos... "Es que este coche no hace ruido", me dice el cachondo disculpándose.

ITV pasada, y ya camino del trabajo... "entonces, Moha, ¿ya está, ya tengo coche de aquí?"

- "No, queda la Dirección de Tráfico". Ya mismo, si Dios quiere"... "Inshalá", como dicen aquí para todo.

Paciencia, me digo a mi mismo.

Pasan más días, hasta que por fin, ayer, vuelvo a preguntar, ansioso, a mi compañero... "¿te acuerdas de mi matrícula, crees que se habrá perdido por el camino?". Mi amigo se ríe, no sé si por mi ocurrencia o por mi ignorancia, el caso es que vuelve al rato y me dice "el papel estaba arriba, en la mesa de nuestro amigo!".

- "¡Por fin! ¿y ahora?"

- "Ahora a por la matrícula, vamos, ya!", me dice apurado. Tantos días esperando y luego de repente hay que salir corriendo, estas contradicciones rabatíes...

Yo conduzco y mi compañero dirige, de pronto, en una calle bastante concurrida, me dice que pare ahí mismo, en doble fila. Le hago caso, buscando con la mirada el taller donde me van a poner las matrículas, pero él me dice, que espere montado, que él se encarga, porque, por supuesto, conoce a alguien.

No es fácil estar aparcado en doble fila en una avenida rabatí viendo pasar los coches a escasos centímetros del tuyo y sin frenar lo más mínimo, así que la espera se hace eterna. Finalmente, la tensión acaba a los 10 minutos y  aparece Mohamed acompañado de un hombre cargado con dos matrículas amarillas y un taladro... ¿dije antes que la tensión había desaparecido?

Mi compañero me dice que no me baje... y allí, en plena hora punta del mediodía, en una avenida petada de tráfico y aparcado en doble fila, siento cómo aquel hombre martillea a mi pobrecito coche como si lo desnudase para luego vestirlo otra vez con esas nuevas placas tan chillonas...

"Bueno, Moha, ahora sí... por fin!" le digo al iniciar el camino de vuelta....

- "Falta el seguro, pero eso es un momento", me tranquiliza, al ver mi cara de espanto.

Pero, no, tampoco el del seguro iba a ser el último viaje, resulta que aquí eso de las transferencias bancarias o el pago por las tarjeta de crédito no está de moda y al asegurar el coche, en la oficina del seguro piensan que uno lleva en la cartera, así, por accidente, el pastizal del seguro anual, que por cierto, es bastante más caro que en España... así que vuelta a un cajero a por dinero en cash y otra vez a la aseguradora...

Hoy ya tengo por fin mi coche marroquí y así, 72 días y 500 viajes después, que diría mi paisano Sabina, he aprendido el rabateo de su burocracia: no hay prisa por nada, excepto conduciendo, y los plazos son tan inciertos como indefinidos, salvo que tengas un amigo del que dependa el papel que necesitas, claro...

jueves, 12 de octubre de 2017

El mechero y la bombona

En este país uno va de sorpresa en sorpresa, de sobresalto en sobresalto y no, creo que uno nunca terminará de acostumbrarse.
 
Su pragmatismo es tal que, aunque eficaz a corto plazo, sus soluciones son pan de hoy y hambre de mañana, y eso es algo, en mi modesta opinión, que deberían cambiar para continuar en ese camino de desarrollo y evolución que empezaron hace unos años.
 
Yo vivo en una casa de estilo colonial, de la época del protectorado francés. Techos altos, habitaciones inmensas, suelo de azulejo decorado, jardín en la entrada... preciosa, la verdad, aunque con las pegas propias de una casa centenaria... de hecho me costó bastante convencer al dueño para que me dejase meter la fibra óptica en casa, ya que no tenía la instalación hecha ni adaptada a los nuevos tiempos y esto suponía hacer agujeros y meter cables... ni que decir tiene, por cierto, que me costó un pastón. Todo sea por estar comunicado en el siglo XXI.
 
Como casa antigua que es, el agua caliente funciona con calentador y el gas con bombona de butano... unas bombonas oxidadas y llenas de polvo que inspiran muy poca confianza.
 
No sé si fue el aspecto o si realmente era así, pero un día me agaché a coger un bote de limpieza y percibí un olor muy fuerte a gas cerca de la bombona... estuve mirando por encima y definitivamente aquello olía mucho a gas, demasiado.
 
Como no sabía a quién acudir, ya que aquí las bombonas se compran en cualquier tiendecita del barrio, hablé con el portero de la casa, quien me dijo que él mismo subiría a mirarlo sobre la marcha.
 
Y allí que fuimos los dos, él tomando la iniciativa, se agachó, miró un poco la goma, tanteó... olió... me miró... "C'est bien", me dijo.
 
- "Pero huela, huela..". le insisto, "huele mucho a gas, eso no es normal".
 
Me vuelve a mirar resignado, observa la bombona y ante mi sorpresa, saca un mechero del bolsillo, lo acerca a la bombona y lo enciende. Mi acto reflejo fue retroceder un paso hacia atrás. Él, todavía con el mechero encendido y balanceándolo alrededor de la bombona, me mira sonriente mientras espeta un  "Pas de problem, c'est bien".
 
"¡Nos ha jodido!" se me escapó en el español más castizo. Su solución fue de lo más práctica, imagino que pensó, "este tío no me va a dejar tranquilo, así que órdago a la grande, o se calla para siempre o salimos volando", y así, todo valiente, zanjó el problema de la manera más práctica posible, pero también más insegura y arriesgada.
 
 

Lo curioso del asunto es que cuando lo comenté con algunos compatriotas con más experiencia, no se extrañaron, me dijeron que es muy habitual hacer ese tipo de comprobación, lo cual no ayudó a mi tranquilidad, aunque sí a aprender un nuevo Rabateo, "si pueden demostrar algo y así zanjar el tema, lo hacen, sin importar las consecuencias..."