viernes, 18 de mayo de 2018

Empezando el Ramadán

Ayer viví mi primer día de Ramadán. En realidad lo viví a medias, ya que yo no ayuno como ellos, ni rezo ni hago abstención sexual durante el día (la mía es de 24 horas... qué le vamos a hacer) pero lo cierto es que durante un mes, todo cambia en la ciudad, y eso al final también te afecta.

Mi primera sorpresa fue enterarme de que en realidad no hay una fecha exacta que establezca el comienzo del Ramadán. Sí, efectivamente el Ramadán tiene lugar en el noveno ciclo lunar del año, el cual no coincide exactamente con el calendario occidental, de ahí que cada año vaya variando unos días. Y da comienzo con la aparición de la luna nueva. Según esta información, no hay problema, está claro qué día empieza exactamente, puesto que ya se puede saber con bastante antelación qué día habrá luna nueva. ¡Si hasta hemos llegado a pisar la luna!

Sin embargo, estos días previos, cuando preguntaba a la gente, me decían que seguramente empezase el jueves, pero que podía ser el viernes, e incluso algunos hacían apuestas. Al final logré enterarme de que aunque los cálculos astronómicos predicen perfectamente las fases lunares, el Corán afirma que "aquel que vea la luna que la proclame" lo que se traduce en que necesitan la certeza de un musulmán, por tanto, hasta que un musulmán no ve la luna no da comienzo el Ramadán.

Así, el miércoles por la noche, tal y como estaba previsto, en el momento de irse el sol, comenzaron a sonar varios petardos que avisaban de que, efectivamente, la luna era la que tenía que ser y que había salido con el permiso de Alá.

En realidad la primera consecuencia del Ramadán ya la sufrí el domingo, con el cambio horario. Y es que, ya que durante el Ramadán no pueden comer ni beber hasta que se pone el sol, adelantan los relojes una hora,  de forma que puedan acabar con la agonía antes. Pero como todo, este anticipo horario también tiene una pega, y es que a las 6 de la mañana, tengo un sol espléndido entrando por mi ventana, cuyas preciosas persianas son más estéticas que prácticas...

El jueves, la ciudad ya llevaba otro ritmo, a primera hora de la mañana no había nadie por las calles, los niños entran más tarde al colegio y los comercios no abren hasta el mediodía, es como si la vida urbana se trasladase a la noche. A modo de ejemplo, mi gimnasio durante este mes sólo abre 4 horas al mediodía y vuelve a abrir a las 9 de la noche, posibilitando el ejercicio hasta bien entrada la madrugada...

A eso de las 4 de la tarde vuelve el bullicio, todo el mundo se dispone a preparar el Iftar, la ruptura del ayuno, que sirve de excusa para reunirse en familia o con amigos y por tanto, hay que organizar una buena cena para los hambrientos comensales.

A esa hora los comercios están llenos y los ánimos caldeados, son muchas horas sin comer, beber ni fumar y eso afecta al humor... especialmente cuando vas en coche, donde cualquier amago improvisado  es motivo de altercado. Durante mi trayecto de vuelta a casa, pude ver ya una moto que se cruzó ante un coche y ambos acabaron parando los vehículos y discutiendo en mitad de la carretera... mejor resoplar y tomármelo con calma, porque esto no acaba más que empezar.

Por suerte recibí la llamada de un colega español que iba a celebrar un Iftur a la española, es decir, aprovechar el evento para juntarnos unos cuantos expatriados y ¡hacer un concurso de tortilla de patatas!

Surge así el rabateo de hoy, y es que, aunque lejos de España, es maravillosa la facilidad que tenemos los españoles para adaptarnos, cogiendo lo mejor de cada casa y aliñarlo con lo mejor de la nuestra. 


sábado, 21 de abril de 2018

Endulzando los sueños de sal

Ayer asistí a una obra de teatro. Se incluía dentro de un certamen de teatro organizado por la Consejería de Educación de la Embajada española y en el que participan todos los colegios españoles diseminados por Marruecos, ¡nada menos que once!

Por desgracia, solamente pude asistir ayer a una obra, "Sueños de sal", del Grupo de Teatro del Instituto Español "Juan de la Cierva" de Tetuán. 

El auditorio estaba repleto de adolescentes venidos de todos los colegios participantes, la verdad es que adultos éramos pocos, y eso se agradece, porque rápidamente te contagias de la alegría y la intensidad con que se saborea la vida a esa edad y de pronto te descubres dando palmas y riendo a carcajadas sin miedo al ridículo o al qué dirán.

La verdad es que sólo empezar ya me sorprendió el decorado, un mar hecho con bolsas de basura azules que gracias a las luces entremezcladas y a un nítido sonido conseguía causar el efecto deseado.

A partir de ahí una gran puesta en escena y un argumento que podría calificarse de melodramático sino fuese porque no tiene nada de exagerado, ya que, por desgracia, es la vida misma. Un enfoque con distintas historias de chicos y chicas que anhelan una vida mejor y deciden viajar a España en patera. 



Gran trabajo de los chavales, crecidos en el escenario y actuando como auténticos profesionales. Sin embargo lo que más me llamó la atención fue la reacción de los espectadores. Chicos marroquíes, venidos de todas partes de Marruecos, Nador, Rabat, Tánger, el mismo Tetuán y sin embargo reaccionaban insensibles a una realidad que bien podría afectar a sus amigos, familiares... o a ellos mismos.

La obra tenía un punto de humor, bien cogido para contrastar así la parte más trágica de las historias, sin embargo, aquellos niños reían sin parar, hacían bromas, aplaudían con las canciones, las niñas silbaban al guaperas que quería ser futbolista y todos se sonrojaban con el beso entre dos enamorados... sin embargo no noté sobrecogimiento a la hora de ver el sufrimiento de aquellos que van buscando una vida mejor y no la encuentran...

Si la obra hubiese sido en España, habría pensado que aquellos niños son ajenos a aquello que pasa más allá de sus fronteras, que viven en su burbuja, en ese barrio en el que han tenido la fortuna de nacer y que les garantiza, al menos, un futuro. Sin embargo, esto es Marruecos, estos chicos son marroquíes y todos los que a diario tratan de cruzar el estrecho arriesgando su vida son sus hermanos, primos o vecinos. Sin embargo, allí estaban ellos, a lo suyo, como cualquier adolescente disfrutando del momento. 

Volví a casa andando, ya tarde, pensando en todo eso. Y al final, me dí cuenta de que precisamente ese contraste fue lo mejor de la obra, esa reacción del auditorio formó parte de la propia trama, porque demuestra más que nunca que todos somos iguales y que la inocencia adolescente y el Carpe Diem imberbe no entiende de idiomas o razas y que es capaz de derrotar y convertir en ficción cualquier situación. 

Esa fue la mejor forma de acabar la historia, saber que ese candor juvenil siempre dará esperanza y vencerá a la realidad por muy triste que sea. Y es que estos chicos, con sus risas contagiosas y sus arrítmicos aplausos consiguieron endulzar los sueños de sal.


domingo, 1 de abril de 2018

Hala Madrid

Camino de mi primer año en tierras rabatíes no puedo sino hacer un balance positivo tanto a nivel personal como profesional. Sin embargo, a veces mi trabajo es duro, muy duro... sin ir más lejos el otro día tuve que pasar una prueba de fuego, fui invitado a un acto de la Peña madridista de Tetuán, la peña REMATE.

El que me conoce sabe de mi afición al fútbol y mi poca afinidad al color merengue, así que no fue un trago fácil acudir al homenaje que esta Peña preparó al periodista Tomás Roncero.

La tarde comenzó bien, Plácido Domingo sonaba de fondo al entrar, y más de 150 peñistas nos saludaban ataviados con bufandas y camisetas blancas, propias de un acto de esa envergadura. Sentado junto al inefable Tomás, no tuvimos más remedio que intercambiar impresiones. -"Lo siento, Tomás, pero yo soy más de Messi". Nada mejor que una presentación así para romper el  hielo, y entre risas tuvimos tiempo para hablar de fútbol, política y los típicos temas que en esas situaciones suelen surgir.

No es mala gente el Señor Roncero y tengo que reconocer que me reí bastante con su discurso, toda una arenga pasional, tan subjetiva y divertida que hizo las delicias de todos los allí presentes... ¡Hala Madrid!
 
Tras más de dos horas sentados en el restaurante escuchando los discursos del presidente de la peña, el vicepresidente, el espontáneo, el hijo del espontáneo... aquello empezaba a parecer eterno, iba haciendo hambre y allí lo único que había en la mesa además de una brillante vajilla con sus correspondientes cubiertos, era un plato de cacahuetes que los camareros no dejaban de rellenar cada vez que dábamos buena cuenta de él.
 
Por fin, a eso de casi las 10 de la noche, los camareros se empezaron a movilizar y parecía que la comida ya iba a llegar... Tomás y yo nos miramos con caras cómplices, no hacía falta decir nada más, nuestros estómagos vacíos ya eran amigos, así que allí estábamos esperando con ansiedad aquella comida que se hacía de rogar... de pronto, llegó la primera bandeja, dulces marroquíes acompañados de un té caliente.
 
Tomás me mira, sin atreverse a hacer la pregunta que yo también me estaba cuestionando... si aquello eran pastitas con té... ¿significaba que eso era todo? Después de tres horas de discursos, cánticos y pláticas, ¿nos despachaban con unas pastitas?

Por si acaso, decidimos acabar con la bandeja de aquellas deliciosas galletas de sémola, almendras tostadas con sésamo, hojaldre, bebernos el té y dejarnos llevar.
 
Entre charla y charla, no nos dimos cuenta de que retiraban las bandejas y nos servían una pastela. "¡Pastela! Tomás, tienes que probar esto, te va a gustar". La pastela es una especie de hojaldre relleno de carne (también puede ser de pescado) y rociado de almendra, azúcar glass y canela. Muy rica y sabrosa, y capaz de empapuzar al mismísimo Carpanta.
 
Pues sí, a Tomás le gustó la pastela, como no podía ser de otra manera. Pero todavía con la boca llena, nos sirven el Tajín, un plato muy elaborado, también típico marroquí, en este caso un Tajín de cordero con membrillo caramelizado que terminó de saciar nuestro apetito... y mientras comentábamos cómo la espera al final había merecido la pena, apareció un camarero con el plato estrella, el cuscús.
 
- "¡Yo no puedo más!", se quejaba Roncero entre gemidos. Yo no podía parar de reír, el periodista estaba pagando la novatada. Es un rabateo por el que yo ya había pasado, y es que la comida siempre abunda en Marruecos, forma parte de su cultura, platos abundantes y en gran número, por eso siempre debes dejar hueco, previendo que después de uno llegará otro... y otro...
 
Entre sudores y risas, la gente empezó a perder la timidez y poco a poco se fueron acercando a la mesa para pedir su ansiada foto con Tomás, que más que un periodista parecía una estrella, eso sí, sin perder por un momento la sonrisa ni la simpatía., Tomás estuvo a la altura, foto tras foto, abrazo tras abrazo, saludo tras saludo,  hasta que yo, junto con otro amigo decidimos abandonarle a su suerte..."Tomás, amigo, nosotros nos vamos yendo... un abrazo...". Mientras él nos guiñaba un ojo y subía su pulgar a modo de despedida.
 
Y así terminó aquella velada, entre gritos de Hala Madrid, bufandas merengonas, colmado de buena comida marroquí y siendo amigo de Tomás Roncero... peazo rabateo que me llevo para casa...
 
 
 
 

miércoles, 14 de marzo de 2018

Un Rally sin prisas

Hace un mes me ofrecieron apuntarme a un Rally. 

¿Un Rally? pensé. Pero si yo una vez hice un trompo involuntario y casi me desmayo. 

Una vez que me explicaron que en realidad no gana quien más corre sino quien es capaz de mantener la velocidad media que te indican de la forma más exacta posible, decidí apuntarme. Sin duda era una experiencia nueva que me serviría para conocer el país de una forma distinta y además aprovecharía para conocer gente de mi gremio de distintos países, ¿qué más podía pedir?

Llegó el día D, el pasado viernes, y allí que nos fuimos mi copiloto y yo, una compañera de trabajo que, tan aventurera como yo, decidió apuntarse a esta nueva hazaña.

Sin duda fueron tres días inolvidables, ya que aparte de la adrenalina del rally, que aunque light, toda competición siempre tiene, el hecho de ir por carreteras secundarias me sirvió para conocer ese Marruecos rural que nadie conoce y que es difícil de encontrar por uno mismo.

El Rally tuvo lugar por la zona de Beni Mellal, una comarca del bajo Atlas, donde todo son montañas y los paisajes poco tienen que ver con los desiertos que siempre tenemos en la cabeza cuando pensamos en Marruecos. 



En un tramo de descanso, que aprovechamos para ir disfrutando de los verdes y frondosos horizontes que teníamos delante, veíamos niños pequeños volviendo de la escuela, pequeños de seis u ocho años, andando sólos o en grupo, con sus mochilas a la espalda, felices, jugando entre ellos, riendo y saludando a nuestro paso con una gran sonrisa que nos regalaban sin ellos saberlo.

En una de estas, ambos nos quedamos prendados de una niña de no más de 6 años, con unos ojos tan brillantes que nos deslumbró, así que, de mutuo acuerdo, decidimos parar y ofrecerle los caramelos que llevábamos, eran pictolines, quizás algo fuerte para aquella chiquilla, pero lo único de lo que disponíamos a mano. La niña corrió a nuestro paso pero se quedó a unos metros de distancia, mi compi le decía que se acercase para que cogiese los caramelos, pero ella, siempre risueña gritaba que no, que nos bajásemos nosotros, manteniendo la distancia. Finalmente y tras mucho insistir, entendimos que la niña estaba bien aleccionada para no acercarse a coches extraños, cosa que nos pareció estupenda, así que optamos por dejarle los caramelos en el suelo y nos fuimos, dejando aquella sonrisa en nuestro retrovisor mientras retomábamos la marcha.

Es lo que tiene un Rally sin prisas. Unas cataratas, las de Ouzoud, con sabor islandés más que magrebí, vestigios de huellas de dinosaurios que harían las delicias del mismísimo Spielberg y un puente natural que ya quisiera Santiago Calatrava. Niños jugando entre la hierba, pastores sin Ipad,  agricultores sin tractores y burros en lugar de motos, abuelas sentadas al arcén de la carretera... 





Y por supuesto, nuevos amigos de Perú, Estados Unidos, Polonia... canciones de ABBA (y el inevitable "Despacito") que bailamos una y otra vez sin importar el poco repertorio del DJ... Eso y más es lo que me llevé este fin de semana, además de un gran cuarto puesto que, aunque inesperado, ¡nos supo a gloria!

domingo, 4 de febrero de 2018

Curando la humildad

Siempre que me preguntan digo que la vida en Rabat es un poco como una burbuja. Es la capital, una ciudad administrativa, con un buen nivel de vida, donde residen muchos extranjeros y además es muy tranquila. 

Sin embargo, esta semana tuve la ocasión de conocer el sur del país y allí, ser testigo directo de la vida en una zona rural y deprimida del país. Allí pude hablar con muchas mujeres, cada una con una historia y ninguna de ellas cómoda de escuchar por su infortunio y su desdicha.

Allí estaban ellas, con las manos hinchadas y tatuadas de tierra, las caras ingratamente envejecidas como recompensa a tantas horas de tajo y esfuerzo. Pequeñajos a sus espaldas sin decir palabra, acostumbrados a pasar horas y horas resguardecidos bajo el calor de la espalda materna.

Muchas me enseñan sus carnets de identidad, y advierto que las antiguas fotos no corresponden a sus rostros actuales. La mayoría de ellas son preciosas, una belleza marroquí que sólo se puede apreciar al tenerlas enfrente y sin embargo, a pesar de haberse difuminado toda su lindeza, esos ojos, esos ojos siguen desprendiendo incandescencia.

Las miro y observo ese espíritu endurecido por la vida que el azar les ha regalado como broma de mal gusto y sin embargo, su mirada transmite dulzura. Me sonríen, ni una mala mueca, todo lo contrario, sus voces inundan dulzura. Una chica que roza los 30 años me cuenta que está divorciada, que tiene 6 hijos, la pequeña tiene 2 y el mayor 18. - "¡Dieciocho?!", le respondo automáticamente. "Sí, es que lo tuve siendo muy pequeñita", me dice en su idioma natal, el dariya, acompañando una sonrisa de orgullo. 

Otra chica, con un ojo morado, no dice nada, no hace falta. Y de pronto, se me acerca otra chiquilla y me dice si puede coger una de las galletas que tengo encima de la mesa. Le ofrezco el plato y ella tímidamente acierta a coger una sola, como un gran tesoro, sonriéndome como si le hubiese concedido un gran regalo. 

La mujer que lleva un muñequito entre sus brazos, bien tapado para que no coja frío, me dice que esa cosita todavía no tiene un mes, y que en unas semanas dejará de darle el pecho para poder irse lejos a trabajar, y así conseguir algo de dinero. Su calma y melosidad no evita que se me parta el alma.

Miro un grupito de ellas a unos metros, se ríen y se hacen bromas, como ajenas a toda la miseria que las anegan. Mientras me alejo, dos mujeres se me acercan para despedirse, parecen madre e hija. Me habla la niña en un francés desvencijado, y me pide algo que no le puedo conseguir. Se lo digo con mucha pena... ella me sonríe y me da las gracias. La madre me coge las manos con las suyas, "shucram" (gracias), me dice... y me voy de allí roto por un agradecimiento que no merezco.

Este rabateo no es un rabateo más, es el rabateo. Una lección de vida que te cura la humildad y te tira abajo muchos valores que ahora descubro que no son tales.

lunes, 22 de enero de 2018

Una crevaison en mitad de la autopista

Hacer 1.300 km. cada dos semanas con dos Ferrys de ida y vuelta para poder volver a casa y estar con los tuyos, te hace ser consciente de que tarde o temprano, por mucho cuidado que tengas, tendrás un percance... y sin embargo, el percance siempre te pilla desprevenido.

Así fue hace unas semanas, cuando a escasos 30 km. de Tánger, donde debía coger un Ferry que me llevase a España, noté como perdía el control de mi coche, yéndose de lado a lado, mientras el de atrás me daba ráfagas avisándome de algo de lo que lógicamente yo era consciente.

Finalmente pude enderezar mi vehículo y dirigirlo al arcén, donde paré y traté de tomar aire para tranquilizarme. Pasados unos minutos, me bajé y vi lo que ya esperaba, el neumático trasero hecho un asco. Volví a montarme en el coche y llamé al seguro, un seguro a todo riesgo caro y pagado al contado.

Una chica muy simpática me pregunta el motivo de mi llamada, "une crevaison", le digo, vamos, un pinchazo de toda la vida aunque en francés suene más glamouroso.

La mujer me pregunta por mi localización y, cuál es mi sorpresa, que al responderle que estoy en la autopista, a tan sólo 30 km. de Tánger, me dice que eso no es competencia del seguro y que llame al 5050, el número de incidencias de la Autopista.

"Estos marroquíes qué raros son", pienso para mis adentros. Llamo al 5050 y un hombre al otro lado, me dice que ellos sólo se hacen cargo de los accidentes, los "crevaison" son del seguro.
Se empieza a hacer de noche, ya es seguro que pierdo el Ferry de las 18:00 y la temperatura empieza a bajar.

Vuelvo a llamar al seguro y esta vez me atiende un chico, quien amablemente me insiste en que la competencia es del 5050 y que ellos no pueden mandar una grúa a la autopista, "es de sentido común", puedo entender por su tono.

Mosqueado, opto por un plan B. Llamo a mi colega de trabajo, a mi ángel de la guarda, el que me salva de todos los apuros gracias a su conocimiento de este país y sus años de experiencia. Me dice que no me preocupe y a los 5 minutos me vuelve a llamar. A estas alturas, mi única preocupación es que el coche, al borde del escaso arcén,  y yo mismo, no seamos atropellados por algún rapidillo loco de esos que pasan creyendo que están de competición en Lemans.

"Tranquilo", me dice. "La grúa está en camino, al final van los del 5050, pero tendrás que pagarle el servicio en el acto". Bueno, ese era el menor de los problemas, parece que me salvaré por los pelos, que es lo importante.

Sin embargo, mientras espero a la grúa, me caliento y vuelvo a llamar al seguro, esta vez me dejo de segundas lenguas y en cuanto alguien se pone al otro lado, le espeto en un claro y audible castellano: "español, quiero alguien que hable español". Sin mostrar un ápice de sorpresa, me dice que me espere y en menos de diez segundo oigo un cálido, "hola, en qué puedo ayudarle".

Ni corto ni perezoso, casi trabándome la lengua, le cuento toda la historia y le digo que me parece vergonzoso que un seguro a todo riesgo no cubra una simple grúa para recoger un coche de una carretera principal del país.

El hombre sin perder la calma, me dice que no me preocupe, que me pase al de la grúa, que a todo esto, había llegado ya y esperaba mis indicaciones. Le paso el teléfono y en un árabe inentendible comienzan una breve conversación que termina con una sonrisa y una devolución del móvil ya colgado... "eh?" Le miro y le digo "¡pero si ha colgado!", el hombre se encoge de hombros y me sonríe, mientras descubro que no habla francés (obviamente español tampoco).

Y allí por señas me indica que va a remolcar el coche. "Ni de coña", le respondo, sabedor de que no me entiende. "Tú y yo cambiamos la rueda sí o sí".

"No, no", me insiste. Abro el maletero y le señalo el gato, "vamos campeón, que se nos hace tarde". Nótese que hablaba con ese desparpajo habida cuenta de la situación y consciente de que no me entendía ni una coma y que, por tanto, no le faltaba al respeto.

Finalmente, el chaval (no tendría más de 20 años) se resigna y me aparta cariñosamente, saca un cono de la grúa y empieza a cambiar la rueda. Tengo que decir que mi coche tiene la rueda de repuesto escondida bajo el coche y que no es fácil sacarla, sin embargo, este chico lo hizo con una sencillez y profesionalidad como pocas veces he visto... y a todo esto, invadiendo el carril de la autopista, con los coches pasando a toda pastilla y con la oscuridad ya propia de las siete de la invernal noche.
En 5 minutos había terminado, y cuando yo ya me disponía a comenzar el tradicional trámite del regateo para el pago, el chico simplemente me hace señas, pidiéndome permiso para hacerle una foto a la matrícula. "C'est tout", me dice en un francés facilón. Y así y con una sonrisa se despide de mi...
Tardé unos segundos, pero de pronto reaccioné y corrí a la grúa para darle, al menos, una merecida propina, que el chico recibió con sorpresa y gratitud.

Entre pinchazos y llamadas llegué más tarde de las ocho a Tánger, tenía dos horas por delante antes de coger el siguiente ferry. Entonces recordé que había un hostelero español que ya me había insistido varias veces en que fuese a verle... momento perfecto pues.

Y así fue que la noche acabó con una rueda nueva, una cena en buena compañía y con un nuevo rabateo para mi blog: todo, absolutamente todo hay que pelearlo en este maravilloso país, pero es curioso, que al final, el sabor de boca siempre es dulce... ese debe ser su secreto...

domingo, 3 de diciembre de 2017

Este Rabateo se lo debo a Zapatero

El día que uno deja España para irse a vivir a Marruecos, se toma una cerveza con sabor a despedida y mira por la calle a las mujeres que pasean, pensando que todo aquello no volverá a verlo en una temporada.
 
Realmente, Marruecos es el país de contrastes. Es cierto que el alcohol no es habitual, pero también lo es que no está prohibido y que no es difícil encontrar restaurantes donde te sirvan cerveza o vino, es más, tienen sus propias cervezas, elaboradas aquí, como Casablanca, a la cual yo ya soy un fiel aficionado.
 
Aunque es cierto que las mujeres ataviadas con vestidos largos y con el pelo cubierto por un pañuelo forman parte del paisaje urbanita de Rabat, también lo es que esas mujeres se intercalan y mezclan con otras mucho más "occidentalizadas", con frondosa melena al viento y faldas o vaqueros muy ceñidos.
 
Y sí, también hay pubs y discotecas. La juventud también tiene ganas de marcha, faltaría más, y al igual que en España, fuman, beben, ríen y bailan. Música altísima, luces de colores... todo te traslada a cualquier garito de la península si no fuese por un detalle. Aquí todo el mundo se sienta. Las mesas y sillas se mantienen, la gente se acomoda, y cuando le apetece, se levanta y se pone a bailar, allí de pie, junto a su mesa. Cuando se cansan, se sientan, dan un trago a la copa y siguen riendo y charlando. Como siempre digo, son muy prácticos, hay que reconocerlo.
 
Otro detalle curioso es que los rabatíes son bastante más bailones que los españoles, me refiero a los hombres... suena una canción que les gusta y de pronto, alzan la mirada, sonríen, y como un resorte se levantan, empiezan a dar palmas alegremente y dejan sus pies libres al son de la música, dándolo todo como si no hubiera un mañana.
 
Hace unos días, Marruecos se clasificó para jugar el Mundial de fútbol del próximo verano. Se jugaban la clasificación contra Costa de Marfil, y ganaron. Como es lógico y ocurre en la mayoría de los países del mundo, aquel día todo el país estaba pendiente del evento, camisetas marroquíes desde bien entrada la mañana, banderas por todos lados... y por fin, la noche del partido.
 
Yo vi el partido entre marroquíes, y como si fuese el España-Malta, fueron viniéndose arriba conforme metieron el primero y después el segundo gol. La clasificación era un hecho. Pero lo que más me llamó la atención fue que  nada más terminar el partido, no empezaron a cantar el "campeones campeones", ni se abrazaron mientras daban botes de alegría... en lugar de eso, empezaron a bailar, dando palmas, alrededor del salón.
 
El sábado pasado, cuando llegué a casa de madrugada, tras una copiosa cena seguida de unas copas en uno de esos pubs rabatíes donde la noche nunca termina, me sentí como aquel chaval de 20 años que volvía a casa agotado de bailar y algo bebido... y también por el olor que desprendía mi ropa, mi piel y mi pelo, porque aquí, está permitido fumar en los sitios públicos, y sinceramente, eso no lo echo de menos.
 
En esta ciudad, cada vez que un restaurante, a mitad de la comida, alguien enciende un cigarro y me empapa el humo, me acuerdo de ZP... y es que aquí, ahora y tan lejos, tengo que reconocer por fin, que algo bueno hizo Zapatero. ¡Menudo Rabateo!